"The good ones cross over the bridge, and the bad ones go underneath."

On Walk to Work Day, Dr Valentina Montoya Robledo highlights an example of commuting that isn't so straightforward.
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"The good ones cross over the bridge, and the bad ones go underneath." That was the response one public official in Cúcuta, Colombia, gave me when I asked about the women who cross the Colombia-Venezuela border every day to work. And therein lies the crux of the issue: despite the Colombian government having set up education, health and employment programs for receiving and including Venezuelan migrants, these women are not traditional migrants but cross-border commuters.
Governments have very little understanding of what it means for these women to seek a livelihood to survive and support their children. For the most part, they do not maintain updated statistics on how many women there are, the circumstances they face, why they cross over or under the bridge, the reasons for their movements, or why they do not settle permanently in Colombia. These questions, among others, guide my research, “Women Cross-border Commuters”, funded by the John Fell Fund at the University of Oxford.
A great number of women walk across the Venezuela-Colombia border daily. Because they are moving within the border zone, the law does not require them to stamp their passports each time. They live on the Venezuelan side because they cannot afford rent or utilities in Colombia. The vast majority are single mothers responsible for 100% of their children’s subsistence and care. They cross the border on foot, often with their children, because it is their only option.
On the Colombian side, they buy goods—products that are cheaper there—to sell in Venezuela. They find ingredients to make cakes and pastries, or hair dye for their clients. Others cross to attend the doctor or give birth. Some more do so to take their children to school. In Venezuela, public schools currently operate only two days a week, while in Colombia, they run for the full five-day school week and welcome children from across the border. Some women used to take their little ones to nursery, but not anymore because of recent USAID measures that have cut funding for their operation. The few hours they have without their children, they use to find gigs—recycling, selling coffee, standing at traffic lights selling fried plantains, or even their bodies.
Some walk back and forth over one of the bridges, while others, if they return to Venezuela carrying bundles of goods, cross on motorcycle taxis – a form of unregulated transport. Crossing the bridge is not always easy. Some women report that Venezuelan border guards search their bags and confiscate part of what they carry. Other times, they must pay—not just official taxes but also bribes. One woman recounted how a guard asked for guava-paste sweets in exchange for letting her pass. And when things get tough, the guards demand that they present a legally required exit permit for their children, signed by the father. "What father? That man abandoned me when my child was born, and I haven't heard from him since," one woman told me. Without a permit, legally crossing the border with their children becomes almost impossible, and there is no authority they can turn to for help.
Then there are those who cross under the bridge every day. A river that dries up and swells depending on the season, with multiple informal crossings known as "trochas." When the river is low, people walk across on logs placed like makeshift bridges or hop from stone to stone. When the water rises, they use small, self-built rafts.
Crossing is not trivial. A few months ago, there were clashes between armed groups on both sides of the river. Some women were caught in the crossfire with their children in tow. Others report cases of sexual violence. They are particularly afraid for their daughters because if one of the men guarding the trocha "sets his sights on them"—meaning he takes a sexual interest—gender-based violence is likely to occur.
They say cell phones are not allowed in the trochas, and those controlling them ensure no thefts occur. People generally pay to cross—if not with money, then with their bodies. These are the unspoken rules of these pathways. Every day, these women fear for their safety and their children’s. But beyond living near these crossings and spending less time and money on the journey, sometimes facing government officials at the bridges is simply not an option. And if something happens to them in the trochas, they mistrust the government or fear reporting.
They are neither “the good” for crossing over nor “the bad” for crossing under the bridge. The decision on how to cross is made day by day, depending on their resources, their time, the papers they have, the goods they need to carry, and what they consider best for their children. As it is said in Colombia, and especially under the survival circumstances they endure, for these mothers, "each day brings its own hustle."
On this "Walk to Work Day," we truly realize that in many parts of the world, walking is no small matter.
“Los buenos pasan por encima del puente y los malos por debajo”.
“Los buenos pasan por encima del puente y los malos por debajo”. Esa fue la respuesta que me dio un funcionario en Cúcuta, Colombia, cuando le pregunté sobre las mujeres que todos los días cruzan la frontera entre Colombia y Venezuela para trabajar. Y allí está el meollo del asunto: aunque el gobierno colombiano tiene programas de salud, educación y empleo para recibir e incluir a migrantes venezolanos, estas mujeres no son migrantes tradicionales sino trabajadoras transfronterizas. Los gobiernos tienen muy poca comprensión de lo que implica para ellas buscar un sustento para sobrevivir y sacar a sus hijos adelante. En gran parte, no mantienen cifras actualizadas sobre cuántas son, las circunstancias que atraviesan, por qué cruzan por encima o por debajo del puente, las razones de sus desplazamientos, ni por qué no se asientan definitivamente en Colombia. Esas preguntas, entre otras, guían mi investigación “Mujeres trabajadoras transfronterizas” financiada por el John Fell Fund de la Universidad de Oxford.
Muchísimas mujeres cruzan caminando la frontera entre Venezuela y Colombia diariamente. Por estar moviéndose en zona de frontera, la ley no les exige sellar su pasaporte en cada trayecto. Viven en el lado venezolano porque no les alcanza para pagar el arriendo ni los servicios en Colombia. Una gran mayoría son madres cabeza de familia que se encargan 100% de la subsistencia y el cuidado de sus hijos e hijas. Atraviesan la frontera caminando, muchas veces con sus niños y niñas, porque es su única opción.
En el lado colombiano compran mercancía, productos que están más baratos y que venden en el lado venezolano, encuentran ingredientes para hacer tortas y pasteles, para tinturar el pelo de sus clientas. Otras cruzan para asistir al médico o para parir. Otras más, para llevar a sus hijos al colegio. En Venezuela hoy los colegios públicos solo operan dos días, mientras en Colombia estudian los cinco días de la semana, en instituciones que reciben a niños y niñas del otro lado de la frontera. Otras más llevaban a sus pequeños a guarderías que han dejado de operar porque lo hacían con financiación del gobierno estadounidense. Las pocas horas sin sus hijos las aprovechan para el rebusque: reciclan, venden tintos, se paran en los semáforos a vender tostones e incluso venden sus cuerpos.
Las hay quienes caminan por encima de alguno de los puentes de ida y vuelta, y otras que, si vuelven de Colombia a Venezuela encartadas con bultos o mercancía, pasan en un mototaxi. Para ellas pasar por el puente no siempre es fácil. Algunas reportan que la guardia venezolana les esculca sus maletas y bolsas, y les saca parte de lo que lleven. Otras veces tienen que pagarles, no solo impuestos sino algún tipo de soborno. Incluso una explicó que un guardia le pidió que le diera bocadillos a la devuelta. Y cuando la cosa se pone dura, la guardia les pide el permiso de salida del país de sus hijos que debe ser otorgado por el padre. “¿Cuál padre si ese señor me dejó tirada desde que mi niño nació y no sé nada de él?” -contó una de ellas-. Sin un papá, cruzar con sus hijos de manera formal se vuelve imposible, y no hay ninguna autoridad ante la cual se puedan quejar.
Aquí llegamos a las que atraviesan diariamente desde y hacia Colombia por debajo del puente. Un rio que se seca y que crece dependiendo de la temporada del año, y con múltiples pasos o “trochas” como son conocidas coloquialmente. Cuando el rio está bajito pasan caminando entre troncos ubicados a manera de puente o por las piedras. Cuando el caudal crece, los pasos se hacen en pequeñas embarcaciones autoconstruidas.
El paso no es cualquier cosa. Hace algunos meses hubo enfrentamientos entre grupos armados ubicados a lado y lado del rio. Varias de ellas se vieron envueltas en el fuego cruzado con sus niños de la mano. Otras reportan violaciones. Temen mucho especialmente por sus hijas, porque si uno de los que cuida la trocha “les echa el ojo”, es decir, tiene algún tipo de interés sexual en ellas, la violencia de género es el siguiente paso.
Dicen que en las trochas no se permite usar el celular, y que quienes las cuidan se aseguran de que no haya ningún tipo de robo. Las personas generalmente pagan por cruzar, si no con dinero entonces con su cuerpo. Son las leyes de estos caminos. Ellas temen todos los días por su seguridad y la de sus hijos. Pero aparte de vivir al lado de estos cruces, de gastar poco tiempo y dinero en los recorridos, muchas veces pasar por el puente y enfrentarse a los oficiales de los gobiernos no es siquiera una opción. Igual si algo les pasa en las “trochas” no hay nadie ante quien reportar.
Ellas no son ni las buenas por pasar por encima, ni las malas por pasar por debajo del puente. La decisión sobre cómo cruzar la toman día tras día dependiendo de sus recursos, de su tiempo, de los papeles que tienen, la mercancía que tienen que cargar, y lo que consideren mejor para sus hijos, porque como se dice en Colombia y más aún en su estado de supervivencia constante: “cada día trae su afán”.
En este día de “Caminar hacía el trabajo” realmente nos damos cuenta que en muchos lugares del mundo caminar es cosa seria.
Women who cross the Colombia-Venezuela border every day to work.
On Walk to Work Day, Valentina Montoya Robledo highlights an example of commuting that isn't so straightforward.